Ejercicio de tiro

Gif Olho de Gato

La marea se cubre, se descubre, se recubre y siempre anda desnuda.

La marea se teje y se desteje, se abraza y se divide, nunca es la misma y nunca es otra.

La marea, escultora de formas que duran lo que dura su oleaje.

La marea pule conchas, rompe rocas.

La marea siempre al asalto de sí misma.

La marea, oleaje de sílabas de la palabra interminable, sin fin y sin principio, que le dicta la luna.

La marea es rencorosa y ciertas noches, al golpear el peñasco, anuncia el fin del mundo.

La marea, transparencia coronada de espumas que se desvanecen.

La perpetua marea, la inestable, la puntual.

La marea y sus puñales, sus espadas, sus banderas desgarradas, la derrotada, la victoriosa.

La marea, baba verde.

La marea, adormecida sobre el pecho del sol, sueña con la luna.

La marea azul y negra, verde y morada, vestida de sol y desvestida de luna, centelleo del mediodía y jadeo de la noche.

La marea nocturna, rumor de pies descalzos sobre la arena.

La marea, al amanecer, abre los párpados del día.

La marea respira en la noche profunda y, dormida, habla en sueños.

La marea que lame los cadáveres que arroja a la costa.

La marea se levanta, corre, aúlla, derriba la puerta, rompe los muebles y después, a la orilla, calladamente, llora.

La marea, la demente que escribe sobre la roca signos indescifrables, signos de muerte.

Los secretos de la marea los guarda la arena.

¿Con quién habla toda la noche la marea?

La marea es proba y, a la larga, devuelve todos sus ahogados.

La tormenta vino y se fue, la marea se queda.

La marea afanosa lavandera de las inmundicias que dejan los hombres en la playa.

La marea no recuerda de dónde viene ni sabe a dónde va, perdida en su ir y venir entre ella misma y sí misma.

Allá, por los acantilados, la marea cierra el puño y amenaza a la tierra y al cielo.

La marea es inmortal, su tumba es su cuna.

La marea, encadenada a su oleaje.

Melancolía de la marea bajo la lluvia en la indecisa madrugada.

La marea abate la arboleda y se traga al poblado.

La marea, la mancha oleaginosa que se extiende con sus millones de peces muertos.

La marea, sus pechos, su vientre, sus caderas, sus muslos bajo los labios y entre los brazos impalpables del viento en celo.

El chorro de agua dulce salta desde la peña y cae en la amarga marea.

La marea, madre de dioses y diosa ella misma, largas noches llorando, en las islas de Jonia, la muerte de Pan.

La marea infectada por los desechos químicos, la marea que envenena al planeta.

La marea, la alfombra viviente sobre la que andan de puntillas las constelaciones.

La marea, la leona azuzada por el látigo del huracán, la pantera domada por la luna.

La mendiga, la pedigüeña, la pegajosa: la marea.

El rayo hiende el pecho de la marea, se hunde, desaparece y resucita, vuelto un poco de espuma.

La marea amarilla, la plañidera y su rebaño de lamentos, la biliosa y su cauda de rezongos.

La marea, ¿anda dormida o despierta?

Cuchicheos, risas, susurros: el ir y venir de la marea entre los jardines de coral del Pacífico y del Indico, en la ensenada de Unawatuna.

La marea, horizonte que se aleja, espejo hipnótico donde se abisman los enamorados.

La marea con manos líquidas abre la extensión desierta que puebla la mirada del contemplativo.

La marea levanta estas palabras, las mece por un instante y después, con un manotazo, las borra.

Octavio Paz, 1996



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